18 de abril de 2016

Relato: Heredero del Sol


Buenas tardes, mis seres vivos favoritos. Ya sé que no he subido artículo este pasado fin de semana, he estado algo ajetreada. No sé si lo subiré a lo largo de esta semana, o si ya me espero al siguiente. La verdad es que tengo unas cuantas ideas para artículos y no me decido a escribir ninguna.

Hoy os traigo otro relato... Sí, ya sé que os atosigo, primero mi prólogo y ahora esto, pero no es un relato como los del reto de los 52. Esto es un relato bueno señores. Tan bueno que ha quedado quinto en el concurso de relatos de fantasía, cifi y terror de la Universidad Complutense de Madrid. Que sí, que quinto puesto es una caca, pero si tenemos en cuenta que dicha universidad es la más grande de España y que fantasía no escribimos precisamente pocos... Oye, yo lo veo algo bueno.
Aunque ha sido un poco agridulce porque el año pasado quedé cuarta en este mismo concurso con la Caza del Unicornio. Pero bueno, no quiero culparme, seguramente en este se presentó más gente y qué leches, yo misma he saboreado el no ganar nada en este concurso (bueno, si solo fuese este xddd) debería estar más que agradecida.
Además, que se me ocurrió el día antes de que se acabara el plazo de entrega, qué más quiero.


Dejo de contar mi vida y a ello:

Imagen random para que esto tenga alguna imagen

Heredero del Sol

El príncipe Nem era uno de los peores magos que había conocido el reino de Advandra. Resultaba irónico, pues los estratos sociales del país se basaban en el poder mágico que poseían los miembros de las familias, siendo la familia real más poderosa de todas. Los sabios afirmaban que en pocas ocasiones ocurrían fenómenos en los que la herencia mágica no tenía nada que ver. De una familia débil podría surgir un mago poderoso, y al contrario, de una familia de grandes magos, podía salir un inepto, como era el caso de Nem.

El rey sabía que su hijo haría tambalear toda su dinastía. Los nobles no aceptarían en el trono a alguien tan débil como Nem. Por tanto, estableció una alianza matrimonial que enlazaba a Flara, hermana pequeña de Nem, con uno de los herederos de los Gardu, una de las casas nobiliarias más poderosas, eliminando a Nem de la línea sucesoria. Pero esto no sería efectivo hasta que Flara se casara, y dado que era una niña de apenas siete años, Nem aún tenía un tiempo para pensar.

Comenzó a frecuentar entonces la antigua biblioteca, oscura y llena de humedad, situada en los sótanos del palacio. Allí se habían trasladado los libros anteriores a la Flecha del Sol, un evento astronómico que había convertido en magos a todos los habitantes de la antigua Advandra. Todo cambió entonces. Los campesinos hechizaron sus herramientas para que labrasen el campo por sí mismas. Algo parecido hicieron los artesanos, y los burgueses desarrollaron un nuevo tipo de moneda basado en pequeños cristales que podían acumular magia. Los nobles ya no se jugaban la vida en los duelos, sino que ordenaban combatir a sus armas, mientras ellos se colocaban lejos del área de lucha, observando como un espectador más. Incluso los sabios habían dejado de lado todos sus libros, dedicándose a estudiar un solo tomo: el Compendio de sabiduría. Consistía en una serie de hechizos que podían invocar cualquier tipo de información que los hombres hubiesen recitado ante un objeto mágico, apareciendo frente al mago en letras doradas. Por ello, los espías, los criminales y los amantes adúlteros tenían un especial rechazo por estos objetos.

Todos los antiguos libros habían sido abandonados, guardados pero despreciados, como un recuerdo de una época pasada, un instrumento que ya no servía de nada. Nem consultó estos libros y descubrió conocimientos que nadie con el Compendio de la sabiduría se hubiese planteado. Descubrió otras tierras, otros pueblos que no habían sido bendecidos con la Flecha del Sol, donde destacaban los violentos Chalukya que vivían más allá del mar del este, con los que estaba completamente prohibido comerciar. Descubrió que las lenguas eran dificilísimas de aprender, y le llevaron un gran tiempo de estudio, cuando con un hechizo traductor se habría resuelto el problema en pocos segundos. Nem pasó toda su adolescencia estudiando y asimilando esos libros antiguos, un conocimiento que había sido sustituido por fórmulas mágicas que en sí mismas no respondían nada, pero que eran la llave para que las respuestas apareciesen mágicamente frente a los ojos. 

Así, el príncipe fue un día a hablar con su padre y le pidió un barco con un timonel y un marinero de apoyo para que manejase los remos. El rey no pareció muy convencido, pero sintiéndose culpable por el problema del trono, concedió el deseo a su hijo.

Nem cargó el barco con mercancías de Advandra, dispuesto a comerciar con algunos de los pueblos con los que se cruzara en su periplo. Como supuso, el timonel basaba toda su sabiduría sobre orientación y mareas en las fórmulas del Compendio de sabiduría, por lo que entró en un ataque de nervios cuando a Nem se le cayó su ejemplar accidentalmente por la borda. Timonel y marinero quisieron volver a Advandra de inmediato, pero Nem les convenció de que confiaran en él y siguieran adelante. Los dos hombres se quedaron perplejos cuando el joven príncipe les guio sin dificultad, sin necesidad de ningún Compendio. Así, tras días de travesía hacia el este, divisaron tierra. A Nem no le costó demasiado convencer a sus dos compañeros de que aquel era el país de los Kandros, y no la tierra de los Chalukya, como realmente era.

Les recibieron unos hombres ataviados con ricas sedas de colores, armados con lanzas. Hablaron en su idioma. Marinero y timonel parpadearon, incapaces de comprender una palabra sin su Compendio, pero Nem había pasado largos años estudiando aquella lengua.

—Venimos de una lejana tierra. —dijo el príncipe. Prefirió no especificar cuál—. Traemos muchos objetos para comerciar con vosotros.

—¿Y qué queréis a cambio? —preguntó el cabecilla de aquel grupo de chalukya. Nem miró a los lados antes de responder.

—La planta del ido. —dijo Nem sonriendo—. Mucha cantidad de planta del ido.

El jefe del grupo le tendió una guirnalda de hojas que llevaba al cuello, a modo de collar. Nem arrancó una sola de las hojas y la presionó contra un cristal-moneda que llevaba en el bolsillo. La débil luz dorada que brillaba en el interior del cristal desapareció, convirtiéndolo en una vulgar roca. 



Nem sonrió, mientras divisaba su país en el horizonte, colocado en la proa del barco, cargado de planta del ido. La planta que hacía desaparecer la magia. La planta que convertiría a todo su pueblo en humanos normales, tal y como eran antes de la Flecha del Sol.



La planta que le convertiría en rey. Porque aunque era un mago débil, sería el único mago del país. El tuerto en un país de ciegos.

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